Tiempo de entregar cuentas. Tiempo de definiciones. Llegó la hora para reconstruir sobre las ruinas que dejó Hugo Sánchez en el Tri.
Irónicamente, la responsabilidad es para un hombre que dejó en ruinas a Inglaterra, y recientemente al Manchester City de la Liga Premier, porque el técnico que heredó al equipo de Sven-Goran Eriksson, Mark Hughes, se quejó de que el sueco lo dejó bofo, sin resistencia, echo trizas físicamente, gordo, por un mal trabajo de acondicionamiento.
"He recibido una calamidad de equipo, sin intensidad, sin estamina, he tenido que hacer un profundo trabajo de reconstrucción", dijo Hughes sobre el Manchester que dejó Eriksson.
Es decir, el Tri pasa de manos de un demoledor a otro.
Sólo que al de aquí, a Hugo, se le llama de retaguardia merecidamente, y al de allá, al europeo, a Sven, se le llama de vanguardia, inmerecidamente.
Y para más ironía, Hugo tuvo tiempo para trabajar —aunque no lo hizo—, pero no para el perdón; Eriksson ha tenido poquísimo tiempo para trabajar —y lo ha aprovechado—, pero ha sido perdonado, pase lo que pase, como si el fracaso, en su caso, fuera justificable.
La cita espera. Y desespera.
La visita espera y no se desespera. Honduras llega temible a la ofensiva, pero con problemas para solventar su cuadro bajo sin un rendimiento sólido de sus jugadores.
Ha hecho pretemporada en Guatemala, recibe a sus "europeos" con el ánimo alto y a sus ex olímpicos en horas bajas, pero cobijados por un hombre que los entiende perfectamente como Reinaldo Rueda.
Quede claro que Honduras, con todo y su potencia y con todo y su potencial, no tiene comprada la encomienda de heroicidad. El "Aztecazo" se ha convertido en un detonante pasional de la tribuna, pero ni Rueda ni Eriksson quieren que se meta en las neuronas ni en la sangre de sus jugadores.
Puede adivinarse que el empate es bueno para ambos. El sueco no puede darse el lujo de perder, y ganar, sin duda, sería el plus que lo convertiría en el bienamado de una nación que anhela una sonrisa al menos en el área mediocre de la Concacaf, en la que dos fracasos, Copa de Oro y Preolímpico, la han puesto, finalmente, a dudar de su condición de rey tuerto entre los ciegos de la zona.
México llega con su contingente europeo. Pardo y Osorio fueron los faros del Stuttgart el fin de semana, y con ellos llega Galindo; Giovani no rescató al Tottenham y Vela se quedó en la banca del Arsenal, seguramente para permitirle que llegara a plenitud ante Honduras.
"Maza" y Salcido llegan sin ritmo, pero enteros, mientras Guardado y Bravo aparecen en buena forma, al igual que "Guille" Franco sin lesiones que lo aquejen, mientras que Rafa Márquez va de cara a una de sus mejores temporadas en España, asediado además, abierta, descara y desesperadamente, por el Milán de Italia.
Pararlos correctamente en la cancha será decisión de Eriksson, Grip y Backe, con recomendaciones de Paco Ramírez.
El desenlace del juego lo irán dando los tiempos y la trascendencia individual.
Un México ofensivo puede meter en problemas a Honduras, pero puede meterse en honduras si los catrachos encuentran espacios.
Cuando se habla de momentos del juego, se hace referencia a pasajes obvios: minutos de auscultar al adversario, ensayos para romper la propuesta del contrario, hasta, tal vez, un explosivo cierre de partido que deberá ser iniciativa de México.
Lo obvio, obvio sigue: la contundencia será fundamental. El más despiadado, convencido y desalmado en las escasas posibilidades de gol, especialmente en el primer tiempo, tendrá el manejo del juego.
Ojo: puede pintar para ser un duelo espectacular, una exquisitez futbolística, pero, cuidado, porque la urgencia por no perder, más que por ganar, puede llevar a un partido entrampado, sucio incluso, donde no haya espacios, libertades, clemencia, tolerancia ni respeto a los creativos de uno y de otro bando.
Ya se ha dicho: la selección mexicana está en manos de los futbolistas mexicanos. Eriksson poco ha podido hacer como técnico y como motivador.
Su discurso al ser humano está vacío porque la arenga propia no le nace, no la puede contagiar y no la puede propagar sin un español más profundo que el que tiene.
Poner en pie de guerra el espíritu es labor de jugadores como Márquez, Pardo y Oswaldo, y tal vez, si lo dejan, y si él se decide, del mismo Cuauhtémoc, a pesar de esa actitud reacia, hosca, por su inseguridad.
Sólo ellos han transpirado la responsabilidad plena de jugar por México, y sólo ellos pueden sacar adelante al equipo.
Por eso, una eventual victoria habrá salvado al Tri en esta eliminatoria porque tendrá de nuevo un grupo sólido, compacto, solidario, de espíritus unidos, a los que sólo debe añadirse un trabajo estratégico coherente, simple, de Eriksson, porque queda claro, es poco amante de los experimentos y de la creatividad audaz de un La Volpe, por ejemplo, a pesar de que el argentino raya en lo demencial.
Por eso la recomendación de Javier Aguirre, muy en su francés coloquial, toma fuerza: "Eriksson debe escoger a los once que tengan los ‘güev…’ bien puestos".













