No hace falta repetirlo: no hay nadie como los magos del estudio de animación Pixar a la hora de producir largometrajes animados.
Tras clásicos como Toy Story 1 & 2, Finding Nemo, The Incredibles o Ratatouille, ahora sus artistas presentan la que probablemente es la mejor cinta de la compañía, uno de los títulos del género más fascinantes de la historia y, hasta la fecha, la película más sobresaliente del año.
Wall•E, que se estrenó recientemente y ha sido clasificada G, demuestra una vez más que Pixar no tiene competición en el mundo de la animación.
No hay nadie en su liga: ni a nivel visual (Wall•E ofrece imágenes de una belleza absoluta), ni narrativo (la mayor parte del relato carece de diálogo tradicional, sustituido por una serie de sonidos que se convierten en palabras gracias a un libreto impecable).
La acción de la película se enclava alrededor del siglo XXIX. Wall•E (iniciales en inglés que vienen a decir algo similar a Levantador de Unidades de Desperdicios, Clase Tierra) es el único habitante del planeta. Éste está cubierto de basura, acumulada durante siglos de excesivo consumismo que causó un cambio drástico en el medio ambiente y provocó que el aire fuera irrespirable, por lo que los humanos tuvieron que mudarse a módulos espaciales donde residen y lo único que hacen es descansar, comer y engordar.
Wall•E está dividida en dos partes bien diferenciadas: una primera, que transcurre en la Tierra y que carece de diálogo tradicional. Se trata de un primer acto dramático, incluso deprimente: contemplar a Wall•E solo, siguiendo su cometido sin cuestionarse el porqué, añorando compañía humana o no, es simplemente desgarrador.
La segunda parte, que traslada al protagonista al espacio exterior, ofrece más comedia, acción y conversaciones con diálogo real. Lo necesario para que el público, especialmente el infantil, no se sienta abrumado por la implacable crítica inicial al consumismo excesivo de la sociedad y al papel de las grandes corporaciones en la destrucción de nuestro planeta.
Pero Wall•E no es sólo un ataque frontal al capitalismo más despiadado: también es una maravilla visual, que recuerda a clásicos del cine fantástico como 2001: A Space Odyssey (1968), Star Wars (1977) y Close Encounters on the Third Kind (1977).









