Pero visto desde una perspectiva amplia, el Cinco de Mayo es tan sólo el hecho más sobresaliente de una ensanchada historia que pone al estado de Puebla como centro de varios de los rasgos que delinean el perfil de la mexicanidad. Entre ellos, un peculiar personaje femenino de la época colonial: la China Poblana.
Puebla fue paso obligado en el trayecto de la ciudad de México al puerto de Veracruz, la ruta real de comercio entre España y su rica colonia de la Nueva España. Y ese hecho geográfico la determinó.
Precisamente por ser una estación en el tránsito entre los puertos de entrada y la ciudad capital, Puebla tuvo durante los 400 años en los que México se comunicó con el mundo exterior, principalmente por sus puertos marítimos -Veracruz al Este y Acapulco al Oeste-, un rol cultural preponderante en las épocas de la Colonia y del México independiente del Siglo XIX.
De esos tiempos provienen las famosas historias de la China Poblana, la Nao de China y la cerámica de Talavera, que han dado a Puebla reconocimiento internacional. La china poblana, por ejemplo, es una de las leyendas más cautivadoras de la época colonial, que repercutió en el México independiente gracias al atuendo del mismo nombre, China Poblana, que terminó por convertirse en uno de los íconos representativos de lo mexicano.
Princesa Mirnha, Doña Catarina de San Juan o simplemente: China PoblanaPocas imágenes femeninas han cautivado la imaginación popular del mexicano como la china poblana, al punto que simboliza el alma nacional.
El origen de la leyenda de la china se remonta a la época colonial. Se dice que la princesa Mirnah, (Minha, Mirrah o Mira) era hija de un rey mongol, que fue raptada por traficantes de esclavos y luego vendida en Filipinas, de donde fue llevada en una nao rumbo a la Nueva España.
El relato más difundido por viejos cronistas es que en el año 1609 nació en la ciudad de Indra Prastha, India Oriental, una princesa llamada Mirnha, de la estirpe Mongol. Al huir de los turcos, la familia llegó a la costa hindú a donde arribaron portugueses traficantes de esclavos. A Mirnha la describieron de color casi blanco, cabellos claros, frente espaciosa, nariz bien trazada, ojos vivos y altivo andar.
Un día, mientras paseaba por la playa, la princesa fue hecha prisionera y enviada a Manila, en las islas Filipinas y de ahí a las costas del Pacífico. Al llegar al puerto de Acapulco, en la Nao de China, la esclava oriental portaba una rara indumentaria, compuesta por una camisa con ricos bordados, un zagalejo de brillantes colores, con lentejuelas, unas chancletas de seda y largas trenzas.
Era la primera vez que una mujer de rasgos orientales llegaba a Acapulco, y su vestimenta despertó la curiosidad de los concurrentes a la feria que se celebraba a la llegada de la Nao. La gente se preguntaba por aquella llamativa "China", como la llamaron de inmediato sin importar su origen hindú.
Al desembarcar fue adquirida por el capitán Miguel de Sosa para su esposa doña Margarita de Chávez, quienes la tuvieron no como esclava ni como sirvienta, sino como hija. Sus padres adoptivos la bautizaron con el nombre de Catarina de San Juan.
Ya en Puebla, sus trajes exóticos captaron poderosamente la atención de las mujeres del pueblo, quienes los copiaron, agregándoles el toque indígena. Alejada de su tierra, la princesa mongol se identificó con las indígenas y con sus vestimentas de gran colorido. Fue considerada con todos, especialmente con los pobres indios, de quien se ganó su respeto.
Aunque algunos afirman que doña Catarina vistió siempre sus trajes parecidos a los de la actual "China Poblana", otras versiones afirman que pronto dejó su atuendo oriental para vestir el hábito conventual.













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