Madrid, España.— Soplan vientos polares, y hace un frío invernal. Supongo que quien lea estas líneas en Mar del Plata, Punta del Este o Viña del Mar pensará algo así como "ya están estos norteños creyéndose el ombligo del mundo". No es eso; es que hace frío, y en nuestro hemisferio nos resulta muy difícil imaginarnos un diciembre caluroso y soleado, unas Navidades en traje de baño.
Lo contrario me parece que es mucho más fácil. No por nada, sino por la abundante y hasta abrumadora iconografía navideña "made in USA.", en Hollywood concretamente. El cine lleva desde sus inicios mostrando Navidades blancas y frías a los espectadores de todo el mundo, de todos los hemisferios, de modo que es más fácil imaginarse a Santa Claus con bufanda que haciendo windsurf.
Hablando de Santa Claus... En España, aunque la noche del 24 de diciembre va ganando terreno a la del 5 de enero —Reyes Magos— en lo de dar los regalos a los niños, nadie, o casi nadie, habla de Santa Claus; estamos más en la tradición francesa y, si hay que aceptar a este ciudadano vestido de rojo por obra y gracia de los publicistas de la Coca Cola de los años 20, usamos su nombre francés, traducido: Papá Noel. Matices.
Bueno; retomemos las cosas. Hace frío, así que empezamos a pensar en el turrón, en el mazapán, que son los dos dulces navideños españoles por excelencia. Eso sí, nadie parece saber a ciencia cierta de dónde proceden estas golosinas. Su composición original, a base de almendras, miel, azúcar y clara de huevo hace pensar, desde luego, en el Mediterráneo y, sobre todo, en los árabes, que eran los monopolizadores del comercio de especias —y entonces el azúcar lo era— en la Edad Media. Además, en la dulcería de los países ribereños del Mediterráneo abundan los postres con esos componentes.
Para un español, hablar de mazapán es hacerlo de Toledo; pero un italiano puede asociar el dulce, y de hecho lo asociará, tanto con Sicilia —donde estuvieron los árabes— como con los fastos venecianos. En cuanto al turrón, y sin renunciar al origen español, diremos que su paternidad la reclaman tanto los catalanes como los alicantinos, todos con argumentos muy sólidos y convincentes... hasta que llegan los de sus contrarios.
De modo que por una vez es mejor no meterse en polémicas e ir directamente al grano, es decir, a la degustación. La de turrones y mazapanes es, seguramente, la menos racional del mundo. Uno ha cenado —pensemos en Nochebuena— bastante más de la cuenta: entremeses, tal vez una verdura, puede que un pescado al horno, pero también pudiera ser que un ave asada... Eso, para quienes dicen cenar cada día "fruta y yogur" es una barbaridad. Bueno: una vez al año, pensamos... Pero cuando ya no nos cabe un bocado más, aparecen los turrones... y todos nos abalanzamos sobre ellos hasta dejar vacías las bandejas. De locos. Pero manda la tradición, y están ricos.
Lo que pasa es que, con Navidades en la playa... Pues miren: tomen igualmente turrón, pero hecho helado. A ver. Muelan bien molidos como 300 gramos de turrón de Jijona, del blando. Batan cinco yemas de huevo y échenlas en una cacerola con el turrón y un par de cucharadas de azúcar. Pongan la cacerola al fuego y hagan espesar la mezcla, sin dejar de batirla. Aparten del fuego y dejen enfriar. Por otro lado, batan las cinco claras a punto de nieve y únanlas con cuidado, despacio, a la mezcla anterior. Pónganla en la sorbetera y háganla funcionar hasta que el helado cuaje. Si carecen de ese aparato, pónganlo en un recipiente en el congelador, y bátanlo un poco, para que no vayan cristales de hielo, antes de servirlo. Sabor de Navidad, dulce... y frío.