ISLA DE PASCUA, Chile.— Las avalanchas turísticas podrían hacer peligrar las gigantescas estatuas moáis de la Isla de Pascua, la tierra habitada más remota del mundo.
"Cuanto más turismo, más deterioro; [cuantos] más visitantes, más pérdidas", expresó Susan Nahoe, arqueóloga que sirvió de enlace entre la Oficina de Turismo de Chile y la comunidad científica de la isla y quien dejó el puesto hace dos años por "diferencia de valores".
"Hemos llegado a un punto en el que o protegemos lo que tenemos o lo perdemos", manifestó.
Las esculturas ya enfrentan una serie de enemigos naturales, como el sol, las olas, el viento y la humedad, que las van erosionando. Muchas padecen distintas plagas, incluido el liquen y musgo. La erosión carcome los ahus, como se denomina a las plataformas ceremoniales de tierra y piedra sobre las que se posan, e incluso está consumiendo los porosos contornos de la isla.
Nahoe dijo que la mayoría de los turistas se cuida de no dañar los moáis, pero que algunos caminan por ellos o incluso se trepan sin darse cuenta. Otros los desfiguran deliberadamente, incluido un turista finlandés que recibió una multa de 17 mil dólares por rebanarle una oreja a una estatua en marzo.
¿Qué se puede hacer para proteger a los moáis? La respuesta no es fácil en un sitio donde abundan las interrogantes.
¿Por qué fueron construidas estas estatuas? ¿Cómo fueron transportadas por toda la isla? ¿Qué pasó con sus ojos? ¿Que catástrofe azotó a esta civilización que súbitamente dejó de hacer moáis y derribó los que ya había construido?
Los primeros habitantes de la isla llegaron desde las islas Marquesas entre los años 400 y 600. La sociedad floreció hasta aproximadamente 1680 y se construyeron los moáis probablemente en homenaje a líderes tribales. Cuando se habían talado todos los árboles, estallaron guerras tribales, que dieron lugar a casos de canibalismo y a la destrucción de los moáis.
La isla es territorio chileno, pese a que se encuentra a 2,237 millas (3,580 kilómetros) del continente.
Sus dimensiones son pequeñas, 10 x 15 millas (16 x 24 kilómetros). En 1967 Lan Chile comenzó a usarla como escala de reabastecimiento para sus vuelos a Tahití y 20 años más tarde empezó a llegar el turismo masivo, tras la construcción de una pista de más de dos millas destinada a ser usada en caso de necesidad por el trasbordador espacial estadounidense.
Hoy llegan ocho vuelos semanales, de Santiago, Chile, y de Papeete, Tahití, además de varios cruceros durante la temporada alta. En la temporada baja hay sólo cuatro vuelos, pero "vienen llenos", según Pedro Edmunds, alcalde de Hanga Roa, la única ciudad de la isla. "Es algo brutal, pero positivo", indicó.
La isla tiene cuatro mil habitantes y en 2007 fue visitada por 52 mil turistas, según Edmunds. Ello representa un incremento del 20% en relación con 2006 y 10 veces lo que se recibía en 1990.
En 1995 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), pero las autoridades atribuyen el auge del turismo a que fue considerada seriamente para la lista de las nuevas Siete Maravillas del Mundo elaborada el año pasado. Quedó octava y no figuró en esa lista, pero la campaña que hizo generó buenas reacciones.
También ayuda la inauguración de un nuevo complejo hotelero, el Explora, y la expansión del popular Hanga Roa Hotel.
La isla tiene 1,524 sitios arqueológicos, incluidos 887 moáis, de los cuales sólo 50 han sido restaurados.
Los moáis se deterioran más rápidamente si son reparados y parados nuevamente, ya que quedan más expuestos que si permanecen en el suelo, con la cara hacia abajo o enterrados.
Edmunds dice que 54 plagas afectan a los moáis y que "no se puede hacer nada al respecto".
Agregó que en 2003 la UNESCO hizo un experimento por el cual se inyectó a cinco moáis un sellador que los protege de la humedad y el liquen. Los resultados fueron positivos, pero el tratamiento era demasiado costoso.
Ambos coincidieron en que parte del problema de la preservación es que la isla debe responderle a Chile.
"No comprenden el clamor de la gente de Rapa Nui, que quiere controlar lo que es suyo", dijo Edmunds, usando el nombre que dan a la isla sus habitantes. "No nos permiten ser creativos. Todo pasa por Santiago, donde hay tanta gente que jamás visitó la isla".
A pesar de sus frustraciones, los isleños son muy cordiales.
La isla tiene un atardecer espectacular, particularmente en Tahai, donde hay tres colecciones de moáis restaurados con el océano en el fondo. Uno de los moáis tiene ojos y un pukao, como se denomina a un sombrero o arreglo redondo que se observa en algunas cabezas de las estatuas.
Los ojos de Tahai y otros sitios no son originales. Los genuinos eran de coral y sólo sobrevive uno, exhibido en el museo antropológico, visita obligada de quien quiere entender esta civilización.
Los moáis tienen una altura promedio de unos 13 pies (cuatro metros) y pesan 12.5 toneladas. Cada uno es único, con medidas y rasgos propios. Casi todos son hombres. Sólo una decena de los descubiertos tiene características femeninas.
Fueron construidos para vigilar los poblados y todos le dan la espalda al océano, con excepción de los de Ahu Akivi, donde siete cabezas observan las olas desde una colina.
La isla tiene tres pintorescos volcanes inactivos, incluido el Rano Raraku, que aportó el 95% de las piedras usadas para construir los moáis.
Una gran cantidad de moáis, muchos de ellos enterrados hasta el cuello, vigilan las laderas del volcán. Hay 320 a medio construir o en tránsito, lo que indica que las obras fueron suspendidas abruptamente.
El moái más grande de que se tenga noticia es de 30 pies (nueve metros) y pesa 87 toneladas. Se especula que los isleños trasladaban estas enormes construcciones en canoas montadas sobre leños o mediante sistemas de poleas. Está claro que apelaban mucho a las palmas, lo que contribuyó a la deforestación de la isla.









