Por Chris Canavan
Hay mucha ansiedad entre los demócratas hoy dado la batalla sin fin entre Clinton y Obama para la candidatura de su partido.
Y por que no. Mientras que el candidato republicano John McCain se esta tomando unas vacaciones, Clinton y Obama gastan recursos valiosos, se atacan cada vez mas ferozmente, y se portan precisamente como esos políticos en Washington que supuestamente quieren reemplazar.
¿No sería mejor que uno de los dos nos haga el favor de concluir este capítulo tragicómico de la campaña dándole paso al otro?
Supongo que si. Pero tampoco me preocupa tanto. Los que temen la pelea entre Clinton y Obama y el impacto que podría tener para los demócratas en las elecciones generales en noviembre se están olvidando de un fenómeno psicológico fundamental: nuestras preferencias dependen de nuestras opciones.
Déjenme ilustrar con un ejemplo. Supongamos que hace mas de un año se hubiera tomado una encuesta con la pregunta ¿Seria mejor que el candidato demócrata sea un hombre blanco?
Estoy seguro que la mayoría hubiera dicho que si. Algunos admitirían que tendrían mucha dificultad en votar por una mujer o un hombre de ascendencia africana. Otros nos asegurarían que a ellos no les importa ni el color ni el sexo del candidato, pero que dudaban que el resto del país estaba preparado para tal candidato.
Lo curioso es que hoy casi no se habla de las supuestas debilidades biológicas de Clinton y Obama. ¿Por qué? Porque a estas alturas de la campaña ya no es posible optar por un hombre blanco, y en el momento en que nos dimos cuenta cesó de ser problema.
Les aseguro que lo mismo pasará una vez que un candidato demócrata sea seleccionado. Los que se están mordiendo las uñas porque temen que la pelea entre los dos precandidatos los debilita para la batalla contra McCain ignoran este fenómeno sumamente humano. En algún momento todo quedará muy simple —una elección presidencial y dos candidatos. En ese momento nos olvidaremos de que Clinton le acusó a Obama de ser mentiroso (¿o fue al revés? Ya ni me acuerdo.)
(Chris Canavan es un economista radicado en Nueva York.)






